Elegía a Johnny/XVIII/La tarde derrama el eco

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Acto IV

Johnny no ha muerto,
pero como si lo estuviera.
Espera bocarriba en la cama
las flores que no le mandan.

El techo se le cae encima
y le cubre de yeso la cara.

Johnny enseñó a los dioses a mentir.

Hace días que dijo:
Abril, aparta este cáliz de mi boca.
Boca, no dejes que te arrebaten este cáliz.

Johnny no ha muerto,
pero la muerte le guiña el ojo
y él, como conquistador de costumbre,
le ha agarrado la pierna.

Es mentira que sea puro hueso.
Es mentira.

Calambre en la entrepierna.
Como si lo estuviera.

XVIII

Alacranes que difuminan el camino,
mientras me arrastro por la avenida,
se suben a mi cuerpo frágil, rastrero.
Soy un dios enfermo, lleno de sudores.
La fiebre amarilla se apodera de mí
y el delirio que nadie entiende
aparece en juegos diurnos de espera.

He ignorado la cantimplora….
quiero sacar el veneno…
volver virgen a los colmillos de la serpiente.

La tarde derrama el eco
Sheng toma la tierra y la aplasta con los puños
Es fácil no encariñarse de ella
en las manos no crecen plantas aunque haya tierra y semilla
no hay apego
Sheng lo entiende
creció cuando tenía doce años
pero no hubo manos que la sostuvieran
Cheng camina la ciudad sin preocuparse de ella
no existe el camino ni el paso
Juega
el juego es lo único que tiene
jugó, por ejemplo, al amor
pero de eso ya pasó el tiempo
que tampoco importa
bien pudo ser ayer
y recordar el eco de los labios que no besó
Sheng se enamoró de una mujer
la mujer tenía voz de juglar alegre
El oído de Sheng, al igual que la voz, se alegraba
hasta que pasó el tiempo
El tiempo pasa, lo digo
Sheng recuerda el amor en ese entonces
y sabe entonces de la eternidad
hoy, el amor huele a perfume y cerveza
a alba y frío.
a desvelo
Mañana eso termina
pero también permanece
como permanece la voz del juglar.