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Blog
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Horizontal en el desierto

Apenas si puedo esperar
la oportunidad
de volver a asumirme horizontal.
Con todo el aplomo de un árbol caído
prístino con celulosa y corteza intactas
salvo por hormigas famélicas, marabunta sin noción de
materia prima,
recursos renovables,
explotación responsable,
industrialización sustentable
o cualquier otra astuta mentirilla
que promete supervivencia a partir…
de herramientas.
Seamos honestos, en el desierto todos nos estamos muriendo todo el tiempo.
No nos engañemos, el desierto nos ha rechazado desde el comienzo, con
granos de arena convertidos en batallón a razón de minúsculas puñaladas cada vendaval, con
certeras sequías convertidas en discursos insulares y
labios deshidratados y
raíces desmadejadas imposibles de discutir en singular y
esperanzas de vida a partir de datos insuficientes para concretar su muerte.
Basta ya de equivocarnos, empecinados en nuestra verticalidad; ¡el desierto nos exige en horizontal!
nariz a nariz con cada lagartija,
bajo la sombra de la más chaparra gobernadora,
impecables y camuflados de nada,
de ausencia, incertidumbre,
de color óxido a martillo y sol,
de la basura, la más orgánica
la única capaz de reintegración total.
Apenas si puedo esperar la oportunidad de volver a asumirme horizontal.
ler a asumirme horizontal. -
Creatura divina

Creatura divina
¡Oh!, eres tú, manifestación de lo divino
la vida misma,
deidad encarnada.
Son tus ojos, tus manos
fisionomía sagrada,
carne humana, belleza aurea
visitador de lo terreno,
de lo miserable.
Figura mesiánica,
más allá de tu estética
el frío opresor de la vasta y húmeda noche
te rodea y te sumerge
en tu aura mística.
Resplandores luminosos
brillan en el suelo gris de plata,
tu cama en este día lleno de sol y de frío.
Ilusión espectral,
como los fantasmas que sigo viendo en la luna,
transparencia inmoral,
como piedra eres,
montones de años comprimidos.
Dime, ¿últimamente has vuelto a hablar con la lluvia?
de ti, del cielo, del dios, del débil.
Como tú,
sólo el viento matutino,
el que nace con la dirección opuesta.
Ir y venir, tu ciclo,
que cierra la puerta de tela
para no ver mísero comportamiento de un creador sin sueño. -
Los rayos del sol pegan directamente en la lente de la cámara; transmisión en vivo

Los rayos del sol pegan directamente en la lente de la cámara; transmisión en vivo.
El hombre más poderoso del mundo está al frente, pero los ojos de la multitud posados en mi lesa humanidad, o en el negro brillo que irradia mi arma apuntada a su sien.
Grandes guardianes letales me rodean.
Mi frente, roja por las miras láser.
Sin escape, me pregunto si Lucifer
sintió miedo cuando la idea de rebelión apareció en su cabeza.
¿Cuántos platos de huevo y tocino cayeron al suelo por la sorpresa?
No queda más que apretar el gatillo y descender a la gloria. -
Elegía a Johnny/XVIII/La tarde derrama el eco

Acto IV
Johnny no ha muerto,
pero como si lo estuviera.
Espera bocarriba en la cama
las flores que no le mandan.El techo se le cae encima
y le cubre de yeso la cara.Johnny enseñó a los dioses a mentir.
Hace días que dijo:
Abril, aparta este cáliz de mi boca.
Boca, no dejes que te arrebaten este cáliz.Johnny no ha muerto,
pero la muerte le guiña el ojo
y él, como conquistador de costumbre,
le ha agarrado la pierna.Es mentira que sea puro hueso.
Es mentira.Calambre en la entrepierna.
Como si lo estuviera.XVIII
Alacranes que difuminan el camino,
mientras me arrastro por la avenida,
se suben a mi cuerpo frágil, rastrero.
Soy un dios enfermo, lleno de sudores.
La fiebre amarilla se apodera de mí
y el delirio que nadie entiende
aparece en juegos diurnos de espera.He ignorado la cantimplora….
quiero sacar el veneno…
volver virgen a los colmillos de la serpiente.La tarde derrama el eco
Sheng toma la tierra y la aplasta con los puños
Es fácil no encariñarse de ella
en las manos no crecen plantas aunque haya tierra y semilla
no hay apego
Sheng lo entiende
creció cuando tenía doce años
pero no hubo manos que la sostuvieran
Cheng camina la ciudad sin preocuparse de ella
no existe el camino ni el paso
Juega
el juego es lo único que tiene
jugó, por ejemplo, al amor
pero de eso ya pasó el tiempo
que tampoco importa
bien pudo ser ayer
y recordar el eco de los labios que no besó
Sheng se enamoró de una mujer
la mujer tenía voz de juglar alegre
El oído de Sheng, al igual que la voz, se alegraba
hasta que pasó el tiempo
El tiempo pasa, lo digo
Sheng recuerda el amor en ese entonces
y sabe entonces de la eternidad
hoy, el amor huele a perfume y cerveza
a alba y frío.
a desvelo
Mañana eso termina
pero también permanece
como permanece la voz del juglar. -
Toda colilla de cigarro es una libélula fracasada

Mi papá fumaba frente al calentón de leña
Yo me hacía el dormido, en el colchón del piso
Esas horas de la noche cuando no hay reglas de comportamiento
Y todos somos más sombras que gente
El miraba el calentón de leña
Fumando un cigarro en el brazo del sillón
Las brasas y el baile del fuego
eran su entretenimiento
Fumaban y se contemplaban.
Dos estelas de humo que congeniaban
Madera y hombre, hombre y madera
Echándose al fuego de alguna forma
Dos formas de vida
Próximas a la ceniza
Porque la madera también habla
Gritos habitan desde el aserrín
Desde esa forma de la carne
El árbol no muere ni a pedazos
Solo se convierte en carbón.
Era una noche de diciembre
El 25 pusieron “Veneno para las hadas”
en el cable, aun nos
Preguntamos, si fue intencional.
Hacía mucho calor en la sala
El calentón siempre prendido
Como la tiroides fallenta de mi padre.
Hace rato que los calentones de leña
Están en desuso, el nuestro ya lo cubre otro mueble
Hace rato también que ya no hace frío
O por lo menos, no lo suficiente para ponerse
Nostálgico
En este hogar grande y senil. -
CloaClips: Almuerzo
Ulises Guzmán

Estoy comiendo caldo de res con un compañero de la maquila que me cuenta unas cosas que leyó en el periódico de la mañana.
Anda fea la situación del virus, me dice.
Yo no le digo nada, estoy viendo al hombre que acaba de entrar y se sentó en la mesa siguiente a nosotros.
Muy fea, dice, puede que cierren la planta, ¿te imaginas? ¿Te imaginas que cierren la planta?
Yo me imagino que el hombre que acaba de sentarse lleva algo escondido en la camisa. Algo peligroso, ¿qué otra cosa requeriría estar escondida? Le doy un bocado a la carne de res con verduras. Ha comenzado a enfriarse.
Dicen que nos mandarán a casa, a los operadores; que los primeros serán los de la primera línea de producción. Claro que a los de recursos humanos y reclutamiento y a todos esos que andan en la oficina no les va a pasar nada, se irán así nada más. Pero nosotros no, nos van a pagar la mitad de lo que ganamos ahora, si acaso, que no es mucho de todas maneras, que incluso van a despedir a algunos. ¿No lo piensas tú?
El hombre mira algo en su celular. Al poco rato se le acerca la muchacha que sirve, llamada Romina o Ramona o algo así. Le pregunta qué quiere y el hombre le contesta. Caldo de res, por supuesto, no hay otra cosa que comer aquí.
Si yo me quedara sin trabajo, dice mi compañero, entraría en pánico. Los chamacos andan ahorita en la secundaria y ni te imaginas lo que gasta uno con chamacos en la secundaria. Que los útiles, que el uniforme, que el dinero para que traguen un burrito entre clase y clase. Y uno además aguantando la chinga de los supervisores de la maquila. Ni te imaginas lo que uno gasta, ¿te imaginas?
El hombre viste una camisa a cuadros demasiado ancha para él. Es delgado, moreno, se limpia el sudor de la frente con una servilleta de papel. Saca de sus bolsillos la cartera y la pone en la mesa junto con el celular. Apenas distingo algo en el cinturón. Estoy seguro de que es un arma.
El hombre entrelaza los dedos de las manos mientras espera su caldo de res que llega al rato.
¿Qué desea para tomar, señor? dice Romina o Ramona.
Una manzana, si es tan amable, responde y le sonríe a la muchacha sin necesidad de hacerlo. ¿Por qué ese exceso de amabilidad? Luego toma la cuchara y la sumerge en el caldo. Le da un sorbo. Prepara un bocado de carne con verduras y lo lleva a la boca y luego lo mastica con calma. ¿Qué es lo que está ocultando ese hombre?
Si me llegara a dar el virus, dice mi compañero, creo que sobreviviría. Creo que lo lograría, solo fumo uno o dos cigarros diarios, a veces tres pero normalmente solo uno. El problema es mi mujer, que tiene hipertensión. Tengo entendido que está en el grupo de riesgo, mi mujer. Espero que no le de nada a ella porque probablemente no lo logre. Yo sí, pero ella no.
Romina o Ramona se le acerca al hombre.
¿Todo bien, señor?
Muy, pero muy bien. Muy sabroso.
Gracias, señor. ¿Más tortillas?
Por favor, si eres tan amable.
Y luego la chica se va a la cocina. El hombre acomoda su pantalón, como si tuviera algo ahí que le incomoda; un arma. Por un momento cruzamos miradas. Simulo que platico con mi compañero de la maquila.
La contingencia durará hasta mayo, según me han dicho. Pero puede que luego la extiendan hasta junio. ¿Te imaginas? Sería demasiado para estar sin jale. Yo creo que comenzaré a buscar algo o tendré que ir a las segundas, ni modo. De algo hay que vivir, porque está muy cabrón no tener nada de qué vivir, ¿te imaginas?
Muevo un poco la comida que sigue enfriándose en mi plato. El cebo de res cubre toda la superficie. No me comeré esto. Pienso en Isabel y miro hacia afuera: uno que otro auto pasa por la Plutarco. El sol cae con fuerza. Ruido de los motores al alejarse por la avenida, ¿qué fue lo que vine a hacer aquí?
La muchacha se acerca al hombre con más tortillas.
Hace mucho calor aquí, dice este último.
Sí, disculpe, el aire acondicionado está averiado y no funciona a su máxima capacidad. Solo tenemos el pequeño ventilador.
Entiendo, y con la contingencia no cualquiera hace esos trabajos.
Así es.
No importa, la sabrosa comida lo vale.
La muchacha sonríe. Eso me enoja un poco, conmigo nunca lo hace y llevo algún tiempo viniendo a comer aquí. No me gusta para nada que le sonría. El hombre termina su refresco y luego su comida y se queda sentado viendo hacia afuera mientras limpia sus dientes con un palillo. Luego la muchacha se le acerca.
¿Todo bien, señor?
Así mero, mija.
¿Algo más en lo que le pueda servir?
La cuenta, si eres tan amable.
Mi compañero sigue hablando, pero ya no le escucho. Le interrumpo y me acerco y le digo que el hombre de la mesa de al lado tiene un arma. Enmudece y mira al hombre.
¿Estás seguro, viste el arma? me dice.
Yo no he visto ningún arma pero le digo que estoy seguro. Luego ambos miramos al hombre al mismo tiempo y él nota la indiscreción.
¿Puedo ayudarles?
Usted dirá.
Mi compañero dice esto y luego se da la vuelta en su silla de manera que queda frente al hombre, que ha arrojado el palillo de dientes y también lo mira fijamente.
¿Le conozco, señor?
No, usted no me conoce.
Tamborileo los dedos contra la mesa y vuelvo a ver hacia la calle. Un auto pasa como en cámara lenta frente al restaurante. Tengo urgencia de orinar pero no muevo ni un músculo.
Pues si no puede ayudarle y no le conozco, ¿qué se le ofrece?
Usted dirá.
Eso ya lo ha dicho.
¿Y qué?
Y qué
Romina o Ramona cruza la delgada cortina que separa la cocina del comedor y llega hasta el hombre que ya está de pie, igual que mi compañero. Ella lleva en sus manos una pequeña hoja de papel con cifras escritas en tinta negra. El pequeño ventilador oscila muy despacio, sus aspas revuelven aire caliente y nos lo escupen. El aire acondicionado apenas emite un ruido pequeño. Los ojos de la muchacha se abren y desdibuja su sonrisa poco a poco. Me fijo de todo esto en un segundo.
¿Qué carajo le pasa, hombre?
Usted sabe muy bien
No lo sé
Usted está armado
La muchacha suelta un grito y deja caer la hoja y se lleva las manos a la boca y retrocede caminando hacia atrás hasta que sus nalgas chocan con una mesa y tira un salero que se rompe en mil pedazos. El cocinero sale de la cocina y pregunta qué es lo que sucede.
Está armado, dice mi compañero mientras señala al hombre.
No es verdad.
Mi amigo vio la pistola que lleva en el cinto.
El hombre me mira por un segundo pero luego voltea hacia el cocinero, quien ha sacado de debajo de la barra una escopeta recortada con la que apunta directamente a la cara del hombre.
Yo no llevo ningún arma.
Haga el favor de salir de inmediato de mi restaurante y nunca vuelva.
Pero si siempre como aquí.
Yo nunca le había visto antes. Lárguese.
El hombre tiene las manos levantadas con las palmas hacia nosotros. Está en absoluta desventaja, mi compañero, Romina o Ramona, el cocinero con la escopeta y yo contra él y su pequeña arma, en caso de que la tenga.
Yo solo quería comer.
Pues ya lo ha hecho, ahora lárguese.
Al menos déjeme pagar.
La casa invita, hijo de puta, pero lárgate.
Lentamente camina hasta la salida del lugar. Con mucha lentitud saca las llaves de su bolsillo y entra en su auto y arranca y se va por la avenida. El cocinero baja la escopeta. Sus dedos grasosos, el delantal manchado de caldo o sangre, los goterones de sudor escurriendo por su frente.
¿Uno de ustedes vio el arma?
Mi amigo la vio.
¿Estás bien, muchacha?
Sí, me asusté demasiado.
Ya pasó.
Quiero irme a casa.
Creo que debemos cerrar por hoy. Gracias, señores, la casa invita.
Mi compañero me lleva a mi casa. Sigue hablando del virus, como si no hubiéramos visto a un hombre muy probablemente armado en el almuerzo. Llegamos a mi departamento, estaciona en el lugar donde Isabel siempre lo hace cuando llega en las noches. Hoy debe venir. Probablemente le cuente el incidente. Puede que no. Me despido de mi compañero y entro a mi departamento. Me quedo acostado un buen rato hasta que anochece. Escucho el tintineo de unas llaves en la entrada. Voy al baño por una aspirina cuando escucho la voz de Isabel a mis espaldas.
Hola, dice.
Hola.
¿Todo bien?
Todo bien.
¿Vemos una película?
Ok.
Va a encender la computadora. Cuando abro el espejo los medicamentos caen al piso. Todo se viene abajo. Isabel escucha el ruido y regresa.
¿Todo bien?, pregunta
Todo bien.
Quería decirte algo.
Dime.
Ella se apoya en el marco de la puerta. Su cabello incontrolable, sus lentes. Recojo la última caja de pastillas del piso y cierro el espejo y me doy la vuelta para hablarle pero ya no puedo recordar qué le quería decir.
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CloaClips: DESOBEDIENCIA
Eloísa del Mar Arenas Torresdey

Siempre ha sido un gran placer
levantarle la costra a cualquier raspón
en contra de lo que los adultos dicen.
Rascarse la costrita hasta arrancar,
quieta la vista en el horizonte,
conectada por el tacto de pétalo
con la flor misma en su tamaño.
Acercamiento microscópico de la epidermis
que me guarda los recuerdos
como fotografías de cámara análoga
donde mis piernitas están en primer plano
y las costras ya no existen,
en su lugar la sangre coagula brillante
y tengo pequeños cenotes
de gelatinosa pureza roja.
Idioma de negocios
Idioma de intercambios
Idioma inmanejable
Idioma llevadero.
Lengua de la tuya
Lengua de la antigua
Lengua de la obtusa.
Lengua viviente,
la que devora y desaparece,
la que asesina y se disfraza,
la que da vida y no se oculta.
Dije que siento mi muerte
y su velo de adioses lila,
antes me envía dos flores
para que mire sus esquirlas.
Luego ya de mirarlas,
luego ya de verlas,
ya grabadas en la mente,
se despiden,
se deshojan,
se ofrecen,
se dan.
Idioma de negocios
Qué placer
Idioma de intercambios
Trae acá
Idioma inoperable
Empresarial
Idioma llevadero
Desigual.
Siempre ha sido un gran gozo
levantarle la costra a cualquier raspón
en contra de lo que los adultos dicen.
Lengua de la tuya
Lengua de la antigua
Lengua de la aguda.
Lengua viviente,
Costrita del horizonte;
la que devora y desaparece,
petalito instantáneo;
la que asesina y se disfraza,
coagulito enrojecido;
la que da vida y no se oculta
solecito eclipsado.
Acercamiento microscópico a la idioma
que me guarda los negocios
bajo apariencias cifradas
donde mis piernas mueren
y las flores ya no existen,
en su lugar la sangre se intercambia
y tenemos cenotes inmensos
de gelatinosa infección.
Dije que siento mi recuerdo
y su beso de olores lila,
antes me envía dos cajas
para que guarde las mentiras.
Luego ya de guardarlas,
luego ya de esconderlas,
ya silenciadas en la gente,
se desvanecen,
se desoyen,
se pierden,
se van.
Acercamiento microscópico de la empresa
que me guarda los insultos
para intercambio de lamparones
donde las piernas son de primera calidad
pero otras cosas ya no existen,
en su lugar la sangre no coagula
porque tiene diminutos cenotes
de inoperable sedición.
Lengua viviente,
la que devora y asesina,
la que disfraza y desaparece,
la que da tirria y no se oculta.
Dije que siento mi muerte
y su velo de adioses lila,
antes me envía dos flores,
para que sepa la noticia,
antes me envía dos frutas,
para que coma su sonrisa.
Siempre ha sido un gran placer
levantarle la costra a cualquier raspón
en contra de lo que los adultos dicen.
Lengua de la tuya
Lengua de la antigua.















































