Ulises Guzmán

Estoy comiendo caldo de res con un compañero de la maquila que me cuenta unas cosas que leyó en el periódico de la mañana.
Anda fea la situación del virus, me dice.
Yo no le digo nada, estoy viendo al hombre que acaba de entrar y se sentó en la mesa siguiente a nosotros.
Muy fea, dice, puede que cierren la planta, ¿te imaginas? ¿Te imaginas que cierren la planta?
Yo me imagino que el hombre que acaba de sentarse lleva algo escondido en la camisa. Algo peligroso, ¿qué otra cosa requeriría estar escondida? Le doy un bocado a la carne de res con verduras. Ha comenzado a enfriarse.
Dicen que nos mandarán a casa, a los operadores; que los primeros serán los de la primera línea de producción. Claro que a los de recursos humanos y reclutamiento y a todos esos que andan en la oficina no les va a pasar nada, se irán así nada más. Pero nosotros no, nos van a pagar la mitad de lo que ganamos ahora, si acaso, que no es mucho de todas maneras, que incluso van a despedir a algunos. ¿No lo piensas tú?
El hombre mira algo en su celular. Al poco rato se le acerca la muchacha que sirve, llamada Romina o Ramona o algo así. Le pregunta qué quiere y el hombre le contesta. Caldo de res, por supuesto, no hay otra cosa que comer aquí.
Si yo me quedara sin trabajo, dice mi compañero, entraría en pánico. Los chamacos andan ahorita en la secundaria y ni te imaginas lo que gasta uno con chamacos en la secundaria. Que los útiles, que el uniforme, que el dinero para que traguen un burrito entre clase y clase. Y uno además aguantando la chinga de los supervisores de la maquila. Ni te imaginas lo que uno gasta, ¿te imaginas?
El hombre viste una camisa a cuadros demasiado ancha para él. Es delgado, moreno, se limpia el sudor de la frente con una servilleta de papel. Saca de sus bolsillos la cartera y la pone en la mesa junto con el celular. Apenas distingo algo en el cinturón. Estoy seguro de que es un arma.
El hombre entrelaza los dedos de las manos mientras espera su caldo de res que llega al rato.
¿Qué desea para tomar, señor? dice Romina o Ramona.
Una manzana, si es tan amable, responde y le sonríe a la muchacha sin necesidad de hacerlo. ¿Por qué ese exceso de amabilidad? Luego toma la cuchara y la sumerge en el caldo. Le da un sorbo. Prepara un bocado de carne con verduras y lo lleva a la boca y luego lo mastica con calma. ¿Qué es lo que está ocultando ese hombre?
Si me llegara a dar el virus, dice mi compañero, creo que sobreviviría. Creo que lo lograría, solo fumo uno o dos cigarros diarios, a veces tres pero normalmente solo uno. El problema es mi mujer, que tiene hipertensión. Tengo entendido que está en el grupo de riesgo, mi mujer. Espero que no le de nada a ella porque probablemente no lo logre. Yo sí, pero ella no.
Romina o Ramona se le acerca al hombre.
¿Todo bien, señor?
Muy, pero muy bien. Muy sabroso.
Gracias, señor. ¿Más tortillas?
Por favor, si eres tan amable.
Y luego la chica se va a la cocina. El hombre acomoda su pantalón, como si tuviera algo ahí que le incomoda; un arma. Por un momento cruzamos miradas. Simulo que platico con mi compañero de la maquila.
La contingencia durará hasta mayo, según me han dicho. Pero puede que luego la extiendan hasta junio. ¿Te imaginas? Sería demasiado para estar sin jale. Yo creo que comenzaré a buscar algo o tendré que ir a las segundas, ni modo. De algo hay que vivir, porque está muy cabrón no tener nada de qué vivir, ¿te imaginas?
Muevo un poco la comida que sigue enfriándose en mi plato. El cebo de res cubre toda la superficie. No me comeré esto. Pienso en Isabel y miro hacia afuera: uno que otro auto pasa por la Plutarco. El sol cae con fuerza. Ruido de los motores al alejarse por la avenida, ¿qué fue lo que vine a hacer aquí?
La muchacha se acerca al hombre con más tortillas.
Hace mucho calor aquí, dice este último.
Sí, disculpe, el aire acondicionado está averiado y no funciona a su máxima capacidad. Solo tenemos el pequeño ventilador.
Entiendo, y con la contingencia no cualquiera hace esos trabajos.
Así es.
No importa, la sabrosa comida lo vale.
La muchacha sonríe. Eso me enoja un poco, conmigo nunca lo hace y llevo algún tiempo viniendo a comer aquí. No me gusta para nada que le sonría. El hombre termina su refresco y luego su comida y se queda sentado viendo hacia afuera mientras limpia sus dientes con un palillo. Luego la muchacha se le acerca.
¿Todo bien, señor?
Así mero, mija.
¿Algo más en lo que le pueda servir?
La cuenta, si eres tan amable.
Mi compañero sigue hablando, pero ya no le escucho. Le interrumpo y me acerco y le digo que el hombre de la mesa de al lado tiene un arma. Enmudece y mira al hombre.
¿Estás seguro, viste el arma? me dice.
Yo no he visto ningún arma pero le digo que estoy seguro. Luego ambos miramos al hombre al mismo tiempo y él nota la indiscreción.
¿Puedo ayudarles?
Usted dirá.
Mi compañero dice esto y luego se da la vuelta en su silla de manera que queda frente al hombre, que ha arrojado el palillo de dientes y también lo mira fijamente.
¿Le conozco, señor?
No, usted no me conoce.
Tamborileo los dedos contra la mesa y vuelvo a ver hacia la calle. Un auto pasa como en cámara lenta frente al restaurante. Tengo urgencia de orinar pero no muevo ni un músculo.
Pues si no puede ayudarle y no le conozco, ¿qué se le ofrece?
Usted dirá.
Eso ya lo ha dicho.
¿Y qué?
Y qué
Romina o Ramona cruza la delgada cortina que separa la cocina del comedor y llega hasta el hombre que ya está de pie, igual que mi compañero. Ella lleva en sus manos una pequeña hoja de papel con cifras escritas en tinta negra. El pequeño ventilador oscila muy despacio, sus aspas revuelven aire caliente y nos lo escupen. El aire acondicionado apenas emite un ruido pequeño. Los ojos de la muchacha se abren y desdibuja su sonrisa poco a poco. Me fijo de todo esto en un segundo.
¿Qué carajo le pasa, hombre?
Usted sabe muy bien
No lo sé
Usted está armado
La muchacha suelta un grito y deja caer la hoja y se lleva las manos a la boca y retrocede caminando hacia atrás hasta que sus nalgas chocan con una mesa y tira un salero que se rompe en mil pedazos. El cocinero sale de la cocina y pregunta qué es lo que sucede.
Está armado, dice mi compañero mientras señala al hombre.
No es verdad.
Mi amigo vio la pistola que lleva en el cinto.
El hombre me mira por un segundo pero luego voltea hacia el cocinero, quien ha sacado de debajo de la barra una escopeta recortada con la que apunta directamente a la cara del hombre.
Yo no llevo ningún arma.
Haga el favor de salir de inmediato de mi restaurante y nunca vuelva.
Pero si siempre como aquí.
Yo nunca le había visto antes. Lárguese.
El hombre tiene las manos levantadas con las palmas hacia nosotros. Está en absoluta desventaja, mi compañero, Romina o Ramona, el cocinero con la escopeta y yo contra él y su pequeña arma, en caso de que la tenga.
Yo solo quería comer.
Pues ya lo ha hecho, ahora lárguese.
Al menos déjeme pagar.
La casa invita, hijo de puta, pero lárgate.
Lentamente camina hasta la salida del lugar. Con mucha lentitud saca las llaves de su bolsillo y entra en su auto y arranca y se va por la avenida. El cocinero baja la escopeta. Sus dedos grasosos, el delantal manchado de caldo o sangre, los goterones de sudor escurriendo por su frente.
¿Uno de ustedes vio el arma?
Mi amigo la vio.
¿Estás bien, muchacha?
Sí, me asusté demasiado.
Ya pasó.
Quiero irme a casa.
Creo que debemos cerrar por hoy. Gracias, señores, la casa invita.
Mi compañero me lleva a mi casa. Sigue hablando del virus, como si no hubiéramos visto a un hombre muy probablemente armado en el almuerzo. Llegamos a mi departamento, estaciona en el lugar donde Isabel siempre lo hace cuando llega en las noches. Hoy debe venir. Probablemente le cuente el incidente. Puede que no. Me despido de mi compañero y entro a mi departamento. Me quedo acostado un buen rato hasta que anochece. Escucho el tintineo de unas llaves en la entrada. Voy al baño por una aspirina cuando escucho la voz de Isabel a mis espaldas.
Hola, dice.
Hola.
¿Todo bien?
Todo bien.
¿Vemos una película?
Ok.
Va a encender la computadora. Cuando abro el espejo los medicamentos caen al piso. Todo se viene abajo. Isabel escucha el ruido y regresa.
¿Todo bien?, pregunta
Todo bien.
Quería decirte algo.
Dime.
Ella se apoya en el marco de la puerta. Su cabello incontrolable, sus lentes. Recojo la última caja de pastillas del piso y cierro el espejo y me doy la vuelta para hablarle pero ya no puedo recordar qué le quería decir.